miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Quién paga la cuenta?

Vaya pleonasmo hablar de cambio climático a nivel internacional. Y, sin embargo, es una problemática global que afecta a todo el mundo, aunque en proporciones distintas.

Como de costumbre, los perdedores son siempre los mismos: aquellos países pobres, cuya responsabilidad es mínima, y que, en cambio, sufren los efectos de nuestra industrialización irresponsable. Aquellas islas del Pacifico, aquellos países africanos y asiáticos, que no saben cómo hacer frente a las inundaciones y sequías, son víctimas de 100 años de desarrollo occidental.

Ha llegado la hora de la sentencia. ¿Quién tiene que pagar? ¿Cómo se mide la responsabilidad de cada país? Cuando hablamos de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), el primer país que me viene a la mente es China. No obstante, este país lleva solo unos años emitiendo a este nivel brutal. Por su parte, Rusia tuvo su época de oro que se acabó hace poco más de 20 años. La cosa se pone complicada, ¿no?

Para simplificarla, habría que analizar las emisiones acumuladas por cada país desde el siglo XIX hasta la actualidad. Así, se concluiría que EE UU, Europa, Rusia y China son los mayores emisores. Sin embargo,  en un entorno de negociaciones internacionales, no es tan fácil. En cambio, si dividimos las emisiones de GEI global por habitante, nos damos cuenta de que el nivel de emisiones de estos países no es tan elevado.

Considerando que cada país se encuentra en una situación financiera distinta, se ha desarrollado el “Índice de Capacidad y Responsabilidad”. Se basa en varios indicadores como la población, el PIB y el número histórico de emisiones de GEI. Con todos estos datos se calcula la contribución que cada país debería hacer a la lucha contra el cambio climático en base a un porcentaje global. El resultado no es tan sorprendente: EE UU es quien tiene que pagar más, seguido por la UE, Japón, China, y, finalmente, Rusia.

Este análisis concluye que a nosotros, los europeos, nos toca pagar el 25% del coste total para limitar el incremento de la temperatura global a 2-3- grados. Este importe correspondería a  un 4.8% del PIB global en 2050, según la OECD. Si, por el contrario, no llevásemos a cabo ninguna acción, el coste de adaptarse al cambio climático se cifraría en un 5-10% del PIB mundial, a todas luces un coste mucho más elevado.

¿Cómo está la negociación internacional en realidad? Durban no ha dado respuestas claras para aquellos países que querían un compromiso más fuerte por parte de los países desarrollados.

La próxima cita será en Quatar, el año que viene, ¿habrá cambiado algo? J’espère...

Carlos García-Borreguero
Factor CO2

jueves, 22 de diciembre de 2011

El efecto del cambio climático en la fauna


Las noticias con las que los informativos nos bombardean todos los días nos muestran ejemplos de que "algo" en el clima ha cambiado. Así, cada vez son más comunes situaciones como el deshielo en los Polos, las temperaturas medias anuales demasiado elevadas y las migraciones animales anómalas.

Uno de los puntos a tener en cuenta a la hora de entender el cambio climático es el equilibrio en la naturaleza. La historia ecológica del Planeta nos enseña que los ecosistemas tienden al equilibrio, es decir, que, aunque haya desajustes, la propia naturaleza tiende a estabilizar sus ecosistemas. También sabemos que la naturaleza tiene una medida del tiempo muy diferente a la del ser humano. ¿Qué ocurre entonces si la naturaleza necesita más tiempo del que le damos para recuperar el equilibrio? ¿Habrá tiempo para el cambio?

"Quien siembra vientos, recoge tempestades". Este refrán ilustra perfectamente  la situación en la que podemos llegar a encontrarnos. El ser humano ha demostrado su capacidad para adaptarse a todos los ecosistemas del mundo, pero lo que está claro es que si no sembramos y labramos no recogeremos.

¿Hasta qué punto continuaremos consumiendo y sin concienciarnos? No voy a hablar de los principales impactos del cambio climático, ya que esos son por todos conocidos. ¿Por qué? Porque están relacionados con el ser humano, pero ¿qué otras cosas pasan y no les damos importancia? Vamos a ver dos ejemplos más concretos.

El deshielo que está ocurriendo hace que los osos polares tengan que nadar grandes distancias para encontrar comida y refugio. Esto perjudica a las crías de estos fantásticos ejemplares que no aguantan el largo viaje. Su destino suele ser tanto Canadá como Islandia. Este último país nunca ha contado con osos polares, por lo que, las veces que han aparecido, han tenido que ser sacrificados debido a la inexistencia de zonas reservadas.


Por otro lado, los osos polares que consiguen alcanzar las orillas de Canadá tienen que aprender una gran lección de supervivencia, ya que la zona que les aguarda es un tanto distinta a su hábitat de origen.  Lo más importante que tienen que asimilar es a buscar su comida y lo consiguen gracias a la observación. Se sirven de la experiencia de los osos grizzlis para aprender a cazar salmones.


El efecto de la subida de la temperatura, originado por el cambio climático, también hace mella en la fauna de Canadá. Desde hace un tiempo, están apareciendo alces blancos. Al principio, los científicos creían que su color era consecuencia de una enfermedad, pero, al analizar los datos de las autopsias hechas a los especímenes de estas características, se comprobó que  mueren por tener todo el cuerpo plagado de garrapatas, que les consumen hasta la última gota de sangre. Al no haber una bajada de las temperaturas, las garrapatas no mueren y siguen reproduciéndose y el animal no tiene mecanismos de lucha que lo salven de la muerte.

 

Estos son solo dos casos del impacto del cambio climático. Pero ¿qué situaciones se tienen que dar para que cambiemos?

María Chaudarcas

Factor CO2

jueves, 15 de diciembre de 2011

Economía hipocarbónica competitiva, ¿un sueño o una realidad no tan lejana?

Soñemos… Estamos en el año 2050. Se han eliminado, prácticamente, las emisiones de CO2 provenientes del sector eléctrico y este se ha convertido, a su vez, en un sector seguro y competitivo; se ha logrado, a través de la innovación tecnológica, una movilidad sostenible y eficiente; los edificios tienen un consumo energético casi nulo; y los sectores industriales emplean equipos y procesos tan avanzados que han permitido que sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) sean alrededor de un 85 % menores que en el año 1990.
Aunque alguien pueda pensarlo, no, no estoy  “divagando”.
De acuerdo a la “Hoja de ruta hacia una economía hipocarbónica competitiva en 2050”, publicada el 8 de marzo de 2011, es posible lograr una reducción de las emisiones de GEI, en la UE de hasta un 80-90% para el año 2050, respecto a los niveles de 1990  aplicando una serie de medidas, como la instalación de redes inteligentes, las viviendas pasivas, la captura y almacenamiento de carbono, los procesos industriales avanzados y la electrificación del transporte.
La siguiente tabla ilustra las reducciones que podrían lograrse en cada sector:
Reducciones sectoriales


Reducciones de GEI respecto a 1990
2005
2030
2050
Total
- 7 %
- 40 a - 44 %
- 79 a - 82 %
Sectores



Electricidad (CO2)
- 7 %
- 54 a - 68%
- 93 a - 99 %
Industria (CO2)
- 20%
- 34 a - 40 %
- 83 a - 87 %
Transporte (incluida la aviación, excluido el
transporte marítimo) (CO2)
+ 30%
+ 20 a - 9 %
- 54 a - 67 %
Residencial y servicios (CO2)
- 12%
- 37 a - 53 %
- 88 a - 91 %
Agricultura (distintas de las de CO2)
- 20%
- 36 a - 37 %
- 42 a - 49 %
Otras emisiones distintas de las de CO2
- 30%
- 72 a - 73 %
- 70 a - 78 %

Extraído de la Hoja de Ruta COM (2011) 112 final
Ahora bien, para lograrlo será necesaria una inversión, en los próximos 40 años, de unos 270.000 millones de euros anuales, lo que supone alrededor del 1,5% del PIB de la UE. Cifra a la que habrá que sumar la cuantía de las inversiones actuales que es, aproximadamente, de un 19% del PIB.
¿Podrá la economía de la UE hacer frente a este incremento tan importante en su inversión de capital?
Espero que sí porque, una economía hipocarbónica competitiva, no sólo reduciría las emisiones de GEI si no que lograría otras ventajas como la protección de la economía frente al alza en los precios de los combustibles fósiles, la mejora de la calidad del aire y la salud  y, lo que es muy importante,  crearía 1,5 millones de puestos de trabajo de aquí  a 2020, debido a la futura necesidad de disponer de mano de obra especializada en tecnologías hipocarbónicas.
Según se indica en la citada Hoja de ruta: “Las inversiones de hoy determinarán la competitividad de las economías de mañana”.
Nuria Ruiz
Factor CO2