martes, 29 de noviembre de 2011

La oportunidad de la huella de carbono

Es raro el día que no oímos hablar del cambio climático, fenómeno de magnitud global  que, según la UNFCCC (Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), se define como “un cambio en el clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos comparables”.

El hecho es que, poco a poco, la sociedad se ha ido percatando de la importancia de luchar contra este fenómeno. A finales del siglo pasado, cuatro científicos comenzaron a hablar de especies sensibles a modificaciones en las condiciones de sus hábitats y, actualmente, no hay empresa, medio de comunicación o servicio informativo que no haga referencia de una u otra manera a la lucha contra el cambio climático. A pesar del avance, todavía queda mucho camino por andar.

Así, la huella de carbono se presenta como un instrumento más de concienciación y lucha contra el cambio climático. Esta herramienta describe la cantidad total de emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero (GEI) causados directa o indirectamente por un producto, servicio, individuo u organización. Además, ayuda a las empresas a mejorar su gestión interna, a cumplir requisitos impuestos por clientes o administraciones y a ofrecer una  imagen positiva.

Quizás suene como una herramienta de gestión más, como un nuevo requisito que complica más, si cabe, el día a día de las empresas, como una nueva debilidad a mostrar a tus competidores, pero… ¿es este su verdadero planteamiento? La huella de carbono muestra la influencia que tiene nuestra entidad sobre el cambio climático, la sensibilización de una organización, la apuesta por la mejora continua y la disminución de las emisiones y, al mismo tiempo y casi sin darnos cuenta, abre nuevas oportunidades de mercado. La implantación progresiva de la huella de carbono y la concienciación sobre el cambio climático son fenómenos ya establecidos en países del norte de Europa que, además, vienen acompañados por una legislación que empieza ya a palparse en España. ¿Deben las empresas esperar más? o ¿es este el momento de tomar medidas y ponernos manos a la obra?

A día de hoy, posicionarse como una empresa medioambientalmente responsable supone un reconocimiento, ya que muestra una concienciación y una preocupación por el resto de la sociedad que acaba condicionando y sensibilizando al usuario final en sus pautas de comportamiento. Es un hecho que una parte importante de los consumidores valora las iniciativas de este tipo y, por ello, cada vez hay una mayor oferta de productos respetuosos con el medio ambiente y enfocados a este sector de la población. ¿Por qué no aprovechar esta oportunidad cuanto antes y posicionarse?      

La oportunidad está ahí, solo queda decidir quiénes son los que se suben al carro primero.

Manuel Pérez
Factor CO2

jueves, 24 de noviembre de 2011

Sin acuerdo a la vista

A falta de menos de una semana para que comience la COP XVII, el encuentro anual organizado por la ONU en el que los países se reúnen para debatir políticas comunes de lucha contra el cambio climático, el futuro pinta un tanto gris.

La Cumbre global contra el Cambio Climático tendrá lugar en la ciudad sudafricana de Durban y, hasta el momento, no parece que vaya a haber mayores avances de los logrados en las pasadas ediciones, celebradas en Cancún y Copenhague. Tanto en Dinamarca como en México se decidió que los estados industrializados aportarían fondos para ayudar a los países en vías de desarrollo a mitigar y a adaptarse a los efectos del calentamiento global. Sin embargo, aún está por ver exactamente cómo se van a repartir esos “Fondos verdes” y quién va a poner el dinero.

Además, no se ha llegado a ningún tipo de acuerdo para que los estados se comprometan a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Hasta la fecha, el Protocolo de Kioto era el único acuerdo vinculante existente, pero el tratado expira en diciembre de 2012 y, actualmente, las posturas están cada vez más contrapuestas.

EE UU y China, los dos principales emisores a nivel mundial, nunca han suscrito el Protocolo y ahora se niegan a adquirir un compromiso similar. Por su parte, Japón y Canadá, que si firmaron, no se muestran a favor de prorrogarlo en las mismas condiciones, ya que creen que todos los países deberían fijar objetivos de reducción. Así las cosas, parece que la Unión Europea es la única favorable a lograr otro acuerdo bien prorrogando Kioto o suscribiendo uno nuevo.

Con este panorama queda preguntarse qué nos deparará Durban. A primera vista, no parece que vaya a haber grandes novedades, aunque nunca se sabe y quizá nos sorprendan.

De cualquier forma, es positivo ver que, a pesar de lo revueltas que están las aguas en la esfera internacional, a nivel nacional y local administraciones públicas, empresas y ciudadanía cada vez están más concienciados sobre el reto que supone combatir el cambio climático. Quizá este sea el camino que nos permita controlar las emisiones de gases de efecto invernadero en el futuro.

Javier Perea
Factor CO2

jueves, 17 de noviembre de 2011

¡Me marcho a Nueva York!

Típico grito de guerra de cuando por fin has conseguido comprar los billetes y has logrado, tras mucho esfuerzo y varias negativas de la página web a aceptar tu tarjeta de crédito, dar el primer paso que te acerca a tu destino. ¡Me voy de viaje!
Después llega el siguiente paso: cuadrar todo lo que pretendes hacer en cuatro días. Suele ser una especie de tetris, con toques de carrera maratoniana, para poder visitar y realizar aquello que consideras imprescindible.
A todo esto hay que sumarle la locura de comprimir en una maleta de 55x40x20 lo  estrictamente necesario, evitando, a toda costa, que una amable azafata de la compañía low cost te haga pasar la embarazosa situación de incrustar tu equipaje en los  “cacharros medidores” para terminar comprobando que aquello no cuadra.
Para un gran porcentaje de gente la problemática de viajar acaba ahí. Pero hay muchos más factores, y bastante más importantes, detrás de cada viaje.
Lo primero es darnos cuenta de que existe una clara relación entre clima y turismo. El turismo aprovecha las ventajas de cada estación: el sol en verano, la caída de las hojas en otoño, la nieve en invierno, y la floración en primavera. Todas ellas están marcadas por el clima. Éste determina los ecosistemas que encontramos en cada lugar, la flora, la fauna y, por supuesto, el tiempo que hallaremos al llegar a nuestro destino. ¿Y si esa relación cambia? ¿Y si se dirige a un equilibrio distinto? Pensemos, ¿qué sucederá en nuestro país?
Si partimos de las previsiones del IPCC en su IV Informe sobre cambio climático, el asunto no pinta en absoluto bien. Si disminuyen las precipitaciones en la zona sur de España, ¿acabaremos por ver más incendios que agua en las Tablas de Daimiel? Si continúa la regresión de las costas y el aumento del nivel del mar, ¿desaparecerá definitivamente La Manga? y ¿qué será de nuestras islas? Si en invierno nieva más tarde y en cotas más altas, ¿la cota mínima en Baqueira se situará en los 2.000 metros? Si las temperaturas aumentan en la región norte de la Península, ¿el Norte se convertirá en el nuevo Sur?
Aparte de lo que nos concierne como potenciales turistas de nuestro propio país, debemos ser conscientes de que el sector turístico es uno de los  grandes motores económicos de España, ¿qué pasará si perdemos la afluencia de turistas europeos que nos visitan? ¿Qué pasará si perdemos nuestro atractivo? ¿Qué haremos con todo el desarrollo hotelero que se sitúa en nuestras costas? ¿Apostaremos por un turismo responsable?
Quizás sean demasiadas preguntas, pero sería interesante que, al menos, uno de cada 50 turistas que sube a un avión se planteara alguna, más allá de “¿dónde está mi tarjeta de embarque?”
Yolanda Buendía
Factor CO2

jueves, 10 de noviembre de 2011

La alternativa del hidrógeno

¿Alguien se imagina un combustible que se obtuviera del elemento más abundante del Universo y con unas emisiones que podrían resolver el problema del agua potable en la Tierra? Ese combustible existe y es el hidrógeno (H2).

A finales del siglo pasado y principios del presente, el hidrógeno cobró fuerza como posible alternativa a los combustibles fósiles y la tecnología asociada a su uso se desarrolló considerablemente. No obstante, no tanto por la viabilidad técnica como por la competitividad económica, el hidrógeno dejó de ser una prioridad para la comunidad científica, que se centró en explorar otras posibilidades.
Acerquémonos un poco a esta eterna promesa del mundo de la energía.


Llama de hidrógeno

El hidrógeno es una sustancia gaseosa a temperatura ambiente, inodora, incolora, no tóxica e inflamable. Puede utilizarse para generar energía mediante una combustión clásica (en calderas, en motores de combustión interna,...) o utilizando pilas de combustible. Esta última tecnología permite un mayor aprovechamiento energético y obtiene electricidad en vez de calor, lo que multiplica sus posibles aplicaciones.

Tanto en una combustión clásica como en una pila de combustible, el residuo sería agua sintetizada (tan pura, que sería no potable), que podría destinarse al consumo humano previa adición de una pequeña cantidad de sales y minerales.

Esquema de una pila de combustible

No obstante, no todo son ventajas. El principal problema del hidrógeno es que no existe como tal en la naturaleza y, por lo tanto, es necesario obtenerlo a partir de precursores. Esto quiere decir que el hidrógeno no es una fuente de energía en sí mismo, sino que más bien se trata de un "almacén" donde podemos depositar la energía lograda por otras vías. 

La forma más barata y sencilla de producir hidrógeno es el reformado de hidrocarburos. Actualmente, este es el método más usado para sintetizar hidrógeno a escala industrial, pero presenta dos grandes inconvenientes: sigue siendo dependiente de los hidrocarburos y el proceso de reformado deja CO2 como residuo, por lo que las emisiones de este gas apenas se reducirían.

La otra vía es la electrolisis del agua. Esta técnica consiste en disociar el agua mediante la aplicación de una corriente eléctrica, obteniendo hidrógeno y oxígeno como productos. El inconveniente de este proceso es obvio: se requieren grandes cantidades de energía eléctrica. En su día se barajó la posibilidad de obtener la electricidad necesaria de fuentes de energía renovables, aunque éstas son aún poco competitivas como para sostener una producción de hidrógeno a gran escala.

Se han explorado otras formas de generar hidrógeno (biológica, a partir de biomasa,…), pero todavía se encuentran en fases tempranas de desarrollo.

En resumen, la tecnología del hidrógeno se ha desarrollado lo suficiente como para ser una alternativa técnicamente viable. Sin embargo, ha sido dejada de lado por no ser una alternativa rentable. Si en un futuro las fuentes de energía renovables son capaces de generar electricidad a precios más competitivos o si el precio de los combustibles fósiles sube tanto como para equiparar los costes, puede que dejemos de preocuparnos de las emisiones de CO2 para empezar a pensar en las de agua.


 “Gasolinera” de hidrógeno y posibles fuentes de abastecimiento

Seguro que unas emisiones masivas de agua a la atmósfera no son buenas para el medio ambiente (y, desde luego, tampoco para los asmáticos), aunque, al menos, estas emisiones nos las podremos beber.
Gaizka Elorriaga
Factor CO2

jueves, 3 de noviembre de 2011

Confiemos un poco más en los impuestos ambientales

Hablar de impuestos es hablar, en definitiva, del Estado y de su relación con el individuo; o, si se prefiere, de las condiciones que determinan la libertad del último. Un debate que siempre suele estar teñido de ideología y que, a veces, nos impide entrar en argumentaciones más sofisticadas.

En los últimos meses he asistido horrorizado a varias discusiones en las que se insistía, con una fe ciega, en las bondades del comercio de derechos de emisión. Comparándolos con los impuestos ambientales, cuyo fin es poner trabas a la actividad económica y contribuir a aumentar la recaudación del Estado, los sistemas de comercio de derechos de emisión permitirían proteger el medio ambiente de una manera eficiente, logrando reducciones al menor coste posible.

Es cierto lo que se dice de los impuestos ambientales, pero sería erróneo olvidar que el comercio de derechos de emisión, siendo un instrumento económico para la protección del medio ambiente, no trata de limitar las actividades económicas contaminantes, ni tiene efectos redistributivos entre las empresas y el Estado (¿existe alguna otra manera de hacer política económica?). Así, el comercio de derechos de emisión consigue reducir las emisiones eficientemente, aunque también se puede decir lo mismo de los impuestos ambientales. ¿O es posible pensar que las empresas reducirán sus emisiones mientras su coste interno de abatimiento sea inferior al precio del CO2, pero no lo harán si el coste interno de reducirlas es inferior al impuesto a las emisiones de CO2?

Los impuestos ambientales son débiles y su debilidad radica en su incapacidad para limitar la contaminación de manera absoluta. A cambio de esa debilidad ofrecen dos fortalezas, que son, precisamente, las debilidades del comercio de derechos de emisión: una señal de precio mucho más clara y menores costes de transacción, ya que no requieren de agentes a quienes estamos empezando a acostumbrarnos como auditores, registros de derechos de emisión y plataformas de intercambio.

Soy un firme defensor de los sistemas de comercio de derechos de emisión, pero los impuestos ambientales me merecen cierto respeto, porque lo simple es, en ocasiones, lo mejor. ¿No hay algo bello en la idea de grabar la combustión de un litro de gasolina con una cantidad fija que equivalga al daño causado por la emisión de 2,66 kg de CO2 a la atmósfera?

Iker Larrea
Factor CO2