Hace más de seis años decidí dar un pasito que llevaba tiempo queriendo dar, pero para el que nunca encontraba el momento oportuno o, quizá, la determinación suficiente. Aquel febrero, comiendo con mi madre y mi hermana en un restaurante, decidí no volver a pedir carne ni pescado. Las razones que me llevaron a ello nada tenían que ver con el cambio climático.
Sin embargo, años después, tuve la suerte de participar en un proyecto relacionado con la dieta y su repercusión sobre este fenómeno. Aunque parezca mentira, estando tan habituada como estoy a las fuentes de emisión de gases de efecto invernadero, hasta ese momento nunca me había parado a pensar en que nuestras elecciones a la hora de seleccionar los alimentos que vamos a ingerir, también tienen repercusiones en términos de emisiones.
No es difícil vislumbrar, para alguien con ciertos conocimientos sobre cambio climático, que una chuleta tiene asociadas más emisiones que unas lentejas con arroz. Imaginemos, ya no la ganadería intensiva, que crea muchos otros problemas además del cambio climático, sino una ternera que pasa la mayor parte de sus días en un bonito prado al aire libre. Aparte del metano generado por el sistema digestivo del animal, están las emisiones ligadas a los alimentos que ingiere, pastos, pero también piensos.
Con la elección directa de alimentos vegetales, nos saltamos el último paso de la ternera, sin olvidar que, ciertas combinaciones de los mismos nos aportan proteínas de la misma calidad que las de la chuleta. De hecho, las recomendaciones actuales de los nutricionistas abogan por priorizar los clásicos primeros platos y disminuir el consumo actual de carne. Cierto que nada tiene que ver con el cambio climático y que es más bien para evitar tanta ingesta de ácidos grasos saturados, pero todo pequeño cambio cuenta en términos de emisiones.
Por lo tanto, una menor ingesta de carne no sólo ayuda al planeta en términos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, sin entrar en otros problemas ambientales, sino que también nos ayuda a mantener una dieta más equilibrada y saludable.
No puedo terminar sin recordar que la opción de llevar una alimentación con menores emisiones de gases de efecto, no tiene por qué significar un cambio tan drástico en nuestra dieta. La selección de productos locales y productos de temporada es un primer paso no tan difícil de dar, así como un uso más racional de la energía que utilizamos al cocinar.
Ahora bien, ¿cuántas personas están dispuestas a cambiar su dieta para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta? No es difícil imaginarlo viendo lo que nos cuesta dejar el coche…
Itxaso Gómez
Factor CO2